El colonialismo europeo que se había desarrollado entre los siglos XV y XVIII en la etapa de los llamados descubrimientos geográficos (Portugal y España como pioneros fueron seguidos luego por Holanda, Inglaterra y Francia) vivió a partir de mediados de siglos XVIII una etapa de retroceso: Independencia de EEUU y de Latinoamérica, tendencias autonomistas en Canadá o Australia etc. España, Portugal y Holanda han perdido su rango de potencias. Sólo Francia sigue aventurándose a una política expansionista (Argelia y constantes intromisiones en América Latina).
En cambio, la gran potencia imperialista de otrora, Inglaterra, que está inmersa en su Revolución Industrial que la ha convertida en la primera potencia sin par, parece haber optado durante un siglo por defender una política contraria a la expansión territorial: el libre comercio, ya que este sirve mejor a sus propósitos. Lo puede hacer pues se halla en una situación de privilegio: hay casi un monopolio virtual debido al gran potencial de la industria y las finanzas británicas que hace dudar de las aventuras militares tan costosas. Así lo señala uno de sus políticos más relevantes, Disraeli: “Estas podridas colonias serán muy pronto independientes, y no son hoy más que una piedra atada a nuestro cuello”.
Esta situación comienza a cambiar sin embargo a mediados del s. XIX y fundamentalmente a partir de 1870.
Hacia esa fecha, comienza una nueva etapa de la revolución industrial (2ª fase) caracterizada por el surgimiento del capitalismo monopólico.
La 2ª Revolución Industrial toma su impulso de la crisis de la economía europea hacia 1870. Las industrias que habían protagonizado la 1ª fase, como la textil y la ferroviaria, no pueden ya dar los márgenes de ganancia de la primera mitad del siglo. Es así que buscando una mayor rentabilidad las empresas buscan nuevas estrategias Nuevos tipos de empresas (las sociedades anónimas y las diversas formas de trust) surgen para enfrentar la necesidad de captar capitales y a su vez de obtener mayores beneficios eliminando la competencia. A su vez impulsan el uso de nuevas fuentes de energía (petróleo; electricidad) y la producción de una serie de inventos que se convertirán en nuevas necesidades humanas (la bombita eléctrica; el teléfono; la bicicleta; el automóvil; el avión; el cine; la radio; la aspirina; la industria cosmética, etc.). Al mismo tiempo, surgen algunos cambios en el mundo del trabajo. Ya no se trata solo de máquinas que sustituyen el trabajo del hombre, ahora se trata de sacar de éste, mayor provecho Así, el taylorismo y el fordismo implantaron nuevas formas de trabajar, a partir de la cadena de montaje y del estudio de los tiempos y de los incentivos que hacen que el trabajador rinda más.
El centro de esta 2ª fase se traslada de Inglaterra a Alemania y EEUU. Estos dos países se convierten en las nuevas potencias industriales dejando a Inglaterra y Francia el papel de inversores extranjeros.
Hay que agregar que en esa época las distintas potencias enfrentaron la crisis con políticas proteccionistas. Inglaterra ya no estaba sola en la revolución industrial, y, cada vez más, los países industrializados (y los no industrializados también) aplicaron políticas (estímulos especiales a la industria nacional, barreras aduaneras, etc.) para proteger su mercado nacional de la invasión de productos extranjeros. En esta política influyeron las, cada vez más populares ideas nacionalistas. La conformación de los estados-nación, o sea, la coincidencia de un estado con una comunidad de personas que comparten historia, hábitos, lengua, o religión, es propia del siglo XIX, siglo en el que se consolidan además los mercados nacionales. De allí que muchas naciones buscaran fortalecer su imagen y su prestigio tras una política imperial.
Además de los factores económicos y políticos, hay que resaltar otros, como los demográficos debidos al gran crecimiento de la población europea, tal como lo explicaba otro político imperialista Cecil Rhodes en 1895: "Ayer estuve en el East End de Londres (barriada obrera) y asistí a una asamblea de los desocupados. Al oír en dicha reunión discursos exaltados cuya nota dominante era: pan, pan, y al reflexionar, cuando regresaba a casa, sobre lo que había oído, me convencía más que nunca, de la importancia del imperialismo (...) La idea que yo acaricio, representa la solución del problema social, a saber: para salvar a los cuarenta millones del Reino Unido de una guerra civil funesta, nosotros, los políticos coloniales, debemos posesionarnos de nuevos mercados en los cuales colocar los productos de nuestras fábricas y de nuestras minas. El imperio, lo he dicho siempre, es una cuestión de estómago. Si no queréis la guerra civil, debéis convertiros en imperialistas."
3.- De éste modo, políticos imperialistas impulsaron la conquista de prácticamente toda África, Oceanía y el sudeste asiático. Veamos como lo relata el historiador José Martínez Carreras:
“Los imperios coloniales así configurados pasan a tener unas bases predominantemente continentales, sin descuidar las oceánicas, y alcanzan su mayor extensión y plenitud, pudiendo distinguirse en esta época varios tipos:
Los viejos imperios que sobreviven de épocas anteriores, pero disminuidos en su extensión y riqueza, y que son los de España, con reducidas colonias dispersas –Cuba y Filipinas hasta 1898, Guinea y Sahara- y Portugal, con posesiones en África- Angola Mozambique, Guinea- y en Asia – Macao, Timor, Goa- ; también mantienen sus imperios Holanda – Indonesia, Guayana-, y en menor medida, Dinamarca. [ Hay que explicar que, en esa decadencia entra el Imperio Turco, que ha visto desgranarse sus posesiones desde principios del siglo XIX cayendo finalmente el propio imperio, casi en una colonia más, en particular, alemana]
Los grandes imperios inglés y francés, que aunque sufrieron pérdidas a fines del siglo XVIII, fueron renovados y reconstruidos durante el siglo XIX, llegando a ser los más ricos y extensos; el Imperio inglés es el más importante con grandes posesiones territoriales en todos los continentes: América –Canadá, Guayana, Caribe-, Asia – India, Birmania, Malasia-, Oceanía- Australia, Nueva Zelanda- y África- territorios de El Cairo hasta El Cabo- y occidentales; el Imperio francés también se extendía por todo el mundo, principalmente en Asia- Indochina- África- Maghreb occidental y ecuatorial- América- Guayana- e islas de Oceanía.
Los nuevos imperios formados por las nuevas potencias europeas con afanes expansivos, Bélgica con el Congo; Alemania con territorios en África- oriental, occidental y sudorienta- y en Oceanía, e Italia con aisladas posesiones africanas- Eritrea, Somalia y después Libia.
El peculiar y tradicional Imperio ruso, de carácter estrictamente continental, extendido como una prolongación natural de Rusia por Asia central y Liberia hasta el pacífico.
Los más recientes imperios [extraeuropeos], resultado de la expansión de EEUU por el área americana con proyección hacia el atlántico y el pacífico –Alaska, Hawai, Puerto Rico, Filipinas, Panamá-, y de Japón por Asia oriental- Riu Kiu; Buriles, Sajalín, Formosa, Corea.”
Los espacios sin conquistar, como China, Afganistán o América Latina, parece ser más un producto de la dificultad para acordar el reparto entre las potencias que de la posible resistencia militar que pudieran ofrecer.
De todos modos, se constituiría en ellos un verdadero “imperio informal” cuyas economías se reorientarían, al igual que en las colonias formales, hacia la exportación de uno o dos productos, a cambio de la importación de bienes industriales, servicios y capitales.
Ésta es la situación de los imperios hacia 1914. La 1ª guerra mundial acabará con alguno de ellos (como el alemán o el turco) pero no acabará con los imperialismos. Un nuevo reparto, a favor de Inglaterra y Francia, desembocará en un nuevo conflicto más terrible aun entre los años 1939 y 1945, a cuyo final se iniciará el proceso conocido como “descolonización” y marcará el final de esta era del imperialismo.
Sin duda alguna, la superioridad militar de las potencias imperialistas es uno de los factores preponderantes. Sin embargo tamaño dominio se debe explicar también gracias a la voluntad de un importante sector de la población indígena que en general sacó ventajas de esa relación con las metrópolis. Éstas se convierten en atractivos mercados para las materias primas locales. De esta forma se constituyó lo que los historiadores han dado en llamar, “pacto colonial”, o sea la relación entre las metrópolis y las colonias por la cual éstas orientan su economía de subsistencia hacia la exportación de productos primarios (generalmente uno o dos) e importa de aquella, capitales, servicios y productos industrializados. Se produce en la colonia una “modernización” basada en la oposición “moderno / tradicional” o “civilización / barbarie” dando lugar a la introducción del capitalismo con las modificaciones legales y sociales pertinentes (afirmación de la propiedad privada; liberalización de la mano de obra con la abolición de la esclavitud y la servidumbre; nuevos hábitos europeizados, desprecio de lo tradicional y adopción de pautas culturales europeas; etc.) Tal pacto es sostenido además por una oligarquía que explota los principales rubros de exportación y está fuertemente vinculada al sector extranjero que en general domina los servicios y goza de los nuevos privilegios que otorga el mundo civilizado a quien lo pueda pagar.
Maria Ramirez
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